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La hoja

Cuentos

Publicado hace 4 meses

Art me había dicho que existía solo un objeto en el mundo que le era desconocido, pese a su vasta experiencia y su inigualable ánimo para la aventura. Los ancianos del pueblo hablaban de un artefacto secreto, vedado a los hombres, el cual no tenía forma ni paradero concretos, cuya existencia solo era perceptible a través de rumores y las leyendas antiguas.

Nos aventuramos durante años, recorriendo incesantemente continentes, países y ciudades. En cada rincón del planeta visitamos bibliotecas, tavernas oscuras, sociedades marginales y sabios llenos de verborreicas mitologías y pocas evidencias. Nuestra expedición parecía a todas luces estéril y nuestro ánimo para continuar disminuía. En algún rincón remoto y sudamericano dimos con una clave: el objeto en cuestión correspondía a una página lejana e insólita, arrancada de un diario glorioso de algún general o figura importante de un ejército prodigioso. Consultar cada página disponible a la vista es una tarea titánica, incesante. Tal vez demoraríamos generaciones en llevarla a cabo, pero seguíamos intentando. En un hotel de europa nos esperaría lo peor…la segunda y definitiva clave de aquel misterio.

Un anciano nos aclaró que el artefacto en cuestión existía en efecto y que ningún hombre lo había visto nunca. No se sabía a ciencia cierta si era una página de un diario, ni siquiera cual era su antigüedad.

-¿Cómo es posible que ningún explorador pueda dar esas u otras características?- le preguntamos
-Nadie ha visto la “página”, como la llaman ustedes- replicó
-Acaso estara en algún idioma raro o sea tan solo un disparate- comenzó a especular Art, hasta que el anciano lo detuvo:
-Nadie ha “visto” el artefacto, simplemente por que es una hoja invisible. Está escondida en algún rincón del orbe y nadie ha podido hallarla jamás.

Nos retiramos de aquel lugar, desconcertados y sin poder articular palabra alguna, demolida ya en forma definitiva nuestra motivación. Por mucho que buscáramos, jamás podríamos encontrar una hoja invisible escondida en el planeta. Ese verano fue el último que vi a Art. Supe que siguió explorando, quizá buscando la misteriosa hoja. Yo me desentendí para siempre del misterio, imposible de resolver por lo demás, y me dediqué a administrar un negocio en las afueras de mi ciudad natal por largos años, los mismos que se encargaron de desgastar y eliminar mi fiebre de oro.

Tiempo después una calurosa tarde me encontraba fuera de mi tienda cuando el viento que se formaba botó mis anteojos. Molesto, me agaché a encontrarlos y cuando la mano alcanzaba los cristales, vi la imagen de un hombre vestido de traje. Al instante comencé a temblar y un escalofrío recorrió mi espalda. Esa tarde supe que Art había muerto, producto de un accidente en unas montañas…el mensajero me traía la noticia desde muy lejos, junto con un libro que le pertenecía a mi amigo, el que debía serme entregado al momento de su deceso. Una vez solo en mi casa, tuve el valor de abrir el volumen, el cual estaba amarillento, lleno de notas viejísimas que detallaban nuestras aventuras, las mismas ya olvidadas por mi. La emoción nubló mi vista; era algo tremendo. Fue entonces cuando al tratar de dar vuelta una página mis dedos sintieron una suavidad, que contrastaba con las ásperas y amarillas hojas. Sentí un roce en mi mano y un ruido en el suelo. Quedé nuevamente helado. ¿Sería posible ese milagro, ese regalo que Art me enviaba en forma póstuma?

Quizá es posible que una persona pueda palpar lo invisible, pero creo que será más fácil falsificarlo y hacer como que uno se sorprende. ¿Tendrá el mismo valor un tesoro apócrifo si nadie ha visto el verdadero? Pronto podré preguntárselo a mi amigo en persona.

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El Encuentro

Cuentos

Publicado hace 9 meses

Eran las 2 de la madrugada cuando su puerta sonó. Poco acostumbrado a recibir visitas -y menos a esas horas inoportunas de la noche- pensó dos veces antes de abrir la puerta. El frío del pasillo contrastó con su frente y su bochorno. Estaba pálido cuando llegó al final del corredor, casi temblando; pareciera haber estado evitando y, aún así, esperando esa visita.

Había llovido fuerte en la tarde. El olor de la noche tenía aún la tierra y el pasto en él y se mezclaban con la esencia del miedo que había en aquella casa. En las altas horas, el miedo por alguna razón crece, sin motivo aparente se ve más grande y se siente más pesado, como si la oscuridad dilatara ciertas sensaciones. El miedo crece, el odio crece, a veces los enojos y los amores también lo hacen, junto con los desamores respectivos. Miró a través del vidrio del ojo de la puerta y una cara oscura se apareció.

Hace más de 11 años que no veía ese rostro, ese pequeño y extraño rostro. Lo hizo pasar de inmediato, pese al temor que sus manos reflejaban. Estaba tenso. Tenso era el ambiente también.

- Cuanto tiempo…

- Mucho.

El silencio incómodo los rodeó nuevamente. Hacía calor ahora.

- ¿Qué has hecho?

- Lo mismo que tú: vivir aquí. Contigo.

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